El mismo evangelio que me lleva al cielo, también me lleva al infierno, dejar de compartir del libro de Apocalipsis es un suicidio colectivo dentro y fuera de la iglesia.

El Apocalipsis nos hace subirnos a todos los habitantes de la tierra a una montaña rusa y la misma está llena de emociones, altibajos, vueltas y sucesos inesperados e impensados llevándonos de la congoja y la depresión a una celebración de gozo, majestuosa, indescriptible y gloriosa al final de su trayecto con la llegada del Rey de Reyes, Jesucristo.

El Apocalipsis es la revelación, preparación y la advertencia de Dios para la humanidad, la creyente y la perdida, pero todo señalando un tiempo de aflicción para aquellos que no conocen de Jesucristo como el Salvador del mundo.

Lo cierto es que el mismo evangelio que me lleva al cielo, pone a otros en el infierno. Los que creemos en ese pronto regreso estamos condenando al mundo, tal y como lo hizo Noé en su tiempo, cuando nadie creía en el diluvio y llegó la destrucción divina. Por ello es urgente predicar sobre la venida de Cristo, y máxime cuando vemos todas las señales de su retorno, negar está realidad absoluta sería un suicidio colectivo, dentro y fuera de las iglesia.

El mismo escenario de desconsuelo se presenta para aquellos que aún dentro de la iglesia han peregrinado sin luz y sin sentido llenando su corazón de materialismo, humanismo y enceguecidos por las falsas doctrinas, pastores, maestros, profetas y apóstoles, lobos rapaces vestidos con piel de oveja.

Dentro del ambiente que se vive a nivel mundial, hay un silencio absoluto, nadie habla de Cristo, un silencio como el que se le ordenó a Juan en el Apocalipsis capítulo 10 del versículo 1 al 3.

“Cuando hubo clamado, siete truenos emitieron sus voces. Cuando los siete truenos hubieron emitido sus voces, yo iba a escribir, pero oí una voz del cielo que me decía: Sella las cosas que los siete truenos han dicho, y no las escribas”. Sin duda Dios también tiene sus misterios y sus silencios.

¿Qué le dijo a Juan en los siete truenos? No lo sabemos. En medio de las instrucciones detalladas, de lo que viene al mundo, aparece una orden extraña, un silencio inexplicable. Es la primera y única vez que aparece en el libro de Apocalipsis que ha Juan se le prohíbe revelar el contenido del mensaje de los siete truenos.

Dios aún tiene secretos que revelarnos acá o en la eternidad. Pero lo que ya nos ha revelado nos deja al descubierto y con la alternativa de tomarlo o dejarlo. El tomarlo es escapar de la oscuridad que se aproxima, el dejarlo es darle la espalda a Cristo y estar ante lo inimaginable.

En ese mismo capítulo 10 en el versículo 6 el ángel poderoso exclamó: “El tiempo no será más” el reloj de Dios se habrá parado para la humanidad. Este anuncio significa que el tiempo ha terminado. La carrera ha terminado, se ha bajado el telón, el regreso del Señor está a la puerta.

¿Por qué Dios retarda su regreso? Esa pregunta ha desanimado a millones. Los mismos discípulos preguntaron a Jesús “…Dinos, ¿Cuándo serán estas cosas, y que señal habrá de tu venida, y del fin del siglo” (Mateo 24:3) Para sorpresa de los discípulos y los que leemos los evangelios, Cristo responde con algo inesperado: ¡“Que nadie los engañe”!.

Los burladores se han mofado de ese retorno y los santos han suplicado, pero nadie ni siquiera los ángeles del cielo saben el día y la hora, lo único que tenemos claro es que cada día que pasa es más evidente que el hombre se aproxima al suceso más esperado, cuando Cristo regrese por su iglesia y está fantástica experiencia de la montaña rusa llamada Apocalipsis habrá llegado a su fin para la humanidad.