En todo el siglo 20 se habló de la llegada del fin con diversas guerras y catastofes que hacían suponer un apocalipsis.

“Apocalipsis ya” (Apocalipsis now) fue el título de una de las películas más vista en los años 70. La cinta se estrenó en todos los cines del mundo y su relato principal se basó en la guerra del Vietnam.

Traigo a mi mente esta película de hace 40 años pues, en todas las épocas, la humanidad siempre ha estado pendiente del Apocalipsis.

80 años antes el mundo también pensó que el Apocalipsis había comenzado, con los horrores de la Segunda Guerra Mundial con más de 60 millones de muertos y con Hitler exterminando cerca de 6 millones de judíos. Esto solo era el preámbulo pues aún no se unían varios factores para que llegará el tiempo final, y por su puesto solo las guerras no cumplian todas la profecías.

En Mateo 24:7-8, Jesús añade a los horrores de las guerras, otros horrores: “Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores”.

Sin duda Palabra clave de estos versículos es: “Y todo esto”, es decir que para qué la profecía bíblica se cumpla en su totalidad se tiene que armar “todo” el rompecabezas y ese rompecabezas poco a poco está juntando todas las piezas del tiempo final para concluirlo.

Hoy no solo vemos películas de guerras, hoy vemos la realidad pintada con grandes catástrofes como el devastador Tsunami de Indonesia que abarco India, Sri Lanka y Tailandia con cerca de 200 mil muertos, hace 16 años.

Quién no recuerda las escenas dantescas del terremoto de Haití con 180 mil muertos hace 10 años y el Tsunami de Japón con 22 mil fallecidos en el 2012. En el presente siglo hemos tenido escenas reales, y ya no de cines, del Apocalipsis, ante nosotros.

Y como es un “todo” reunido, tenemos que añadir la decadencia moral y espiritual del hombre y unirlo con las grandes tragedias que nos llevan a un lugar específico de la historia humana, llamada el Apocalipsis.

Tenemos que tener la certeza que el reloj de Dios está en marcha inexorable al fin. No se puede eludir, detener o evitar es la realidad de Dios contra los hijos de desobediencia.