No es algo difícil o imposible para el pueblo de Dios formar ídolos de las buenas cosas que ya dejaron de ser útiles.

En el caso del rey Ezequías, él tuvo la valerosa actitud de ordenar que se destruyesen todos los ídolos que había en Judá, incluyendo Nehustán, la serpiente de bronce que Dios mandó a forjar en pleno Sinaí a fin de que todos los mordidos por las víboras ardientes miraran a ella y fueran de inmediato sanados.

El pueblo de Israel conservó la serpiente de bronce durante más de setecientos años. Durante éste período, el símbolo se hizo ídolo, tomando el lugar de Dios y llevando al pueblo a la apostasía. A la serpiente se le llegó a quemar incienso como la diosa Nehustán, cuyo nombre en hebreo significa ídolo de bronce.

Sin embargo, hubo en medio un hombre que se dispuso a desafiar a la tradición y a restablecer el culto al Único y verdadero Dios, por lo cual más tarde se le consideraría como el mejor rey de Judá de todos los tiempos (2 Reyes 18:5). Ese hombre fue Ezequías. Tan pronto asumió el trono, derribó los lugares altos, quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, así como también hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés (2 Reyes 18:4).

Las oposiciones a las que tenía que enfrentarse Ezequías no eran cualquier cosa. Históricamente se conoce que la clase sacerdotal tenía la serpiente como un objeto sagrado. Los príncipes también la miraban como reliquia de un pasado glorioso; y el pueblo, ignorantemente, la veía como una divinidad. Ezequías, como hombre de Dios, sabía que nada podía estar por encima del Creador y miraba a la serpiente como un ídolo idolatrado.