Artículo. “Desde Colombia, una lección de civismo”

Por: Armando de la Torre.

Juan Manuel Santos, el Presidente de Colombia, es un político más del montón. Es decir, cortoplacista… Como todos los de Guatemala, de Vinicio Cerezo a Otto Pérez Molina…

Pero los colombianos nos llevan una ventaja: en su vida pública todavía quedan vestigios éticos, esto es, la convicción bastante generalizada de que el fin jamás justifica los medios.

Por eso, en las recientes elecciones nacionales se impuso la oposición cívica en primera vuelta, contra todos los pronósticos.

La campaña previa a las elecciones giró en torno a un solo tema: negociar o no con las FARC bajo los auspicios de la dictadura totalitaria de Fidel y Raúl Castro.

Triunfó la decencia, o sea, los hombres y mujeres hondamente cívicos que rechazan a rajatabla toda negociación de los principios más elementales de justicia en “diálogos” con quienes por medio siglo, y del brazo de los traficantes de drogas, han secuestrado a millares de colombianos inocentes, han asesinado a diestra y siniestra, han robado y asaltado a los ciudadanos pacíficos y, sobre todo, la marca más distintiva de esa hez de la humanidad, han mentido, y mentido, y mentido…

Coincidí en Colombia con las elecciones que llevaron al primer período en la Presidencia de Alvaro Uribe. Y recuerdo vivamente las pancartas de sus partidarios: “Trabajamos para las próximas generaciones, no para las próximas elecciones”. Lo que los retrataba de cuerpo entero…

El pueblo de Colombia es de los más cultos de Iberoamérica. También de los más fieles a la fe católica de sus padres. Como en todas partes del mundo, asímismo han tenido su cuota de manzanas podridas, pero menos efectivas que aquí en Guatemala, en Cuba, en Venezuela o en la Argentina. De ahí esta gran lección de civismo que comento.

Aunque no parecen sospechar que caer en la trampa de un “proceso de paz” al estilo guatemalteco les implicaría, encima, la pérdida de la soberanía nacional, como ha sucedido entre nosotros en Guatemala. Sin embargo, han dicho enérgicamente “¡No!” a los oportunistas vendepatrias entre ellos, encabezados por el mediocre Santos.

¡De la que se han librado!

Me pregunto por qué tanta diferencia entre ellos y nosotros.

Naturalmente, en ese caso habríamos de acudir a la monumental historia de nuestros respectivos pueblos, lo que en absoluto cabe dentro de una simple columna de opinión.

Pero sí quiero mencionar algo que lo ha precedido: la Independencia de los colombianos se logró al precio de su sangre por intrépidos hombres y mujeres de profundas convicciones éticas. La de los guatemaltecos, en cambio, nos fue dádiva del Capitán General español, Gabino Gaínza. De ahí que el sentido de identidad nacional entre el grueso de nuestra población parece haber sido prácticamente inexistente, tanto entre criollos como indígenas. La prueba al canto está en que lo primero que hicieron fue anexarse al Imperio mexicano de Agustín de Iturbide.

Después de tales eventos, los rumbos de colombianos y guatemaltecos han divergido aún más. La Gran Colombia de Bolívar se disolvió en tres Estados nacionales independientes, mientras al gran Reino de Guatemala se le ha mutilado una y otra vez con la connivencia de sus propios hijos. Lo último que nos ha sido cercenado, después de Chiapas, Soconusco y de otras tierras usurpadas por México, ha sido Belice, por obra y gracia de un enfermo mental llamado Jorge Serrano.

Pocos son quienes yo creo poder identificar “patriotas”, y no los de pacotilla como la banda clientelar que dice que nos “gobierna”.

“La patria es ara, no pedestal”, nos recordó con su elocuencia poética José Martí. Aquí, en la mayoría de los casos, ni a pedestal llega la patria…

Colombia, por el contrario, ha gozado de uno de los mejores sistemas educacionales de Iberoamérica; pero Guatemala, en cambio, lo ha entregado crecientemente a manos de los políticos, vergüenza nacional.

Y, sin embargo, sobran los talentos naturales entre nuestros jóvenes, y los hombres y mujeres laboriosos en el campo y en la ciudad.

¿Qué nos ha faltado, pues?

La búsqueda prioritaria de la formación del CARÁCTER.
Carácter es saber decir “¡no!” a las tentaciones de lo malo, es, no menos, enfrentar las consecuencias de nuestros actos y no acurrucarnos en supuestas buenas intenciones. Carácter es ser perseverante, y puntual; carácter es cumplir con nuestros contratos sobre todo cuando los términos de los mismos ya no nos son favorables. Carácter es poderse plantar frente a la corriente cuando nos parece equivocada. Es valerse de la verdad, no del embuste, mucho menos de la calumnia. Carácter, muy particularmente en el adulto, es acertar en la solución de los dilemas éticos, muchas veces dolorosos, que normalmente puntean las vidas de todos nosotros.

Carácter es prepararnos, y trabajar; nunca recostarnos en el trabajo ajeno. Carácter es ser magnánimo en la victoria y no envidioso en la derrota. También es cuidar de nuestros hijos hasta su mayoría de edad, y aún después acompañarlos cuesta arriba en sus decisiones más difíciles. Carácter es saber doblar la rodilla sólo ante Dios, jamás ante el hombre, por muy poderoso que se nos antoje.

Carácter, en una palabra, es saberse libre.