Artículo. “DON IVÁN SALTA AL VACÍO”

Por Armando de la Torre.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas, don Iván Velázquez, acaba de arrojarse al vacío, esto es, a aconsejar al Estado guatemalteco sobre su política económica. No figura esto dentro de sus atribuciones contractuales, como estrictamente tampoco se hallan entre ellas la lucha contra la corrupción, aunque todos nos alegremos hoy de que se haya sobrepasado en ese campo de su función investigativa. Pues ha sido valiente, honesto y muy eficiente para nuestra esperanza de saneamiento de nuestra vida pública.

Pero su recomendación de crear un nuevo impuesto sobre quienes suponemos ser los más pudientes entre nosotros es otra forma de sumarse gratuitamente a los “kamikazes fiscales”. ¡Lástima de salto!

Nadie mejor que él sabe de la extensión y de la profundidad de la podredumbre en nuestra vida pública, sobre todo en el sector justicia. Como lo aclaró Ronald Reagan: El sector público no es parte de la solución, sino del problema…

¿Por qué habría de forzarse a alguien a pagar más dinero simplemente para llenar el hoyo fiscal abierto por quienes previamente ya le habían defraudado? Guatemala, desde los tiempos de Arbenz, ha vivido mayormente en el desorden y la irresponsabilidad fiscales por obra y gracia de sus políticos cortoplacistas y corruptos y de una burocracia mayoritariamente inepta. Esto ha significado siempre una inevitable carga muy injusta sobre las espaldas de los contribuyentes, como en tantos otros países tercermundistas donde solo una minoría paga impuestos directos, mientras los impuestos indirectos simultáneamente frenan el progreso del resto de la economía.

Grecia, por ejemplo, acaba de hundirse en un default criminal mientras Alemania, su principal y muy generoso rescate, continúa solvente exclusivamente por su tradicional disciplina fiscal.

A la otrora próspera Argentina la empezó a empobrecer Juan Domingo Perón en la década de los cincuenta, y desde el 2001, la Argentina ha dejado de cumplir con algunas de sus más importantes obligaciones internacionales de pago.

A Cuba, el país tecnológicamente más desarrollado de nuestra América Latina, y de los más opulentos junto al Uruguay y la Argentina por los mismos años del siglo pasado, la volvió Fidel Castro en tan solo cuatro años de gestión dictatorial un país de mendigos, y la transformó a perpetuidad de paraíso para inmigrantes a infierno de emigrantes dispuestos a morir ahogados en el estrecho de la Florida.

Y así pudiéramos seguir con la enumeración de los Chávez, Allendes, Lulas y demás especímenes de gorilas intelectuales en control del gobierno en un sinnúmero de países. Todos ignorantes, que a falta de mayor inteligencia seguían las recetas socializantes de una izquierda cada vez más retrógrada y perdida. Hasta los mismos Estados Unidos se han hecho eco de la decadencia de algunos de sus aliados europeos, con una deuda externa a China casi impagable, la que ha sabido almacenar miles de millones de dólares vía sus exportaciones artificialmente baratas.

¿Qué nos pasa a los humanos de hoy que nos creemos tan sofisticados?

Que nuestra sofisticación, don Iván, no abarca una comprensión sensata y realista de lo microeconómico y que, por lo tanto, por esa misma dimensión se nos evapora el sentido común, aquel de toda buena ama de llaves que nos dice que no debemos gastar más de lo que esperamos que nos entre, y que a largo plazo todos nuestros errores contables nos pasarán un día la inevitable factura.

Inclusive esa pérdida generalizada y creciente de sentido común se nos ha hecho casi una segunda naturaleza. Nuestra reciente legislación innecesaria sobre las tasas de interés que cobran las empresas emisoras de tarjetas de crédito es un ejemplo más del entumecimiento progresivo de nuestro sentido común. Lo mismo digamos de los presupuestos deficitarios y de los préstamos externos para gastos de funcionamiento y no para inversión.

Y así podríamos hacer extensivo esta deplorable miopía contemporáneo también a nuestros “clarividentes” diputados, de los que, sea dicho de paso, no sabemos a quienes representan de entre los electores, y a nuestros Ministros de finanzas, generalmente incapaces de competir bajo reglas iguales con cualquiera de nuestros exitosos auditores y contadores públicos.

Es más, me atrevo a afirmar que un pobre campesino casi analfabeta despliega más sentido común en el manejo de lo poco propio y de lo más escaso de lo ajeno que la gran mayoría de nuestros licenciados universitarios, que parecen guiados por el egoísta principio del rey Luis XV: “Después de mi el diluvio…”.
Ilusos todos, y poco humanos.

Y no lo tome a mal, don Iván, pues usted en su tanteo microeconómico está muy bien acompañado, por ejemplo, por el Papa Francisco, y hasta por casi todas las delegaciones nacionales en las Naciones Unidas, que desparraman antojadizamente los fondos de otros.

Lo barato resulta caro al largo plazo; lo fácil se torna difícil; lo abundante, escaso; lo próspero se reduce a escombros. Como lo explica Henry Hazlitt en una de sus magníficas obras, “La economía en una lección”, la tal lección no es más que el elemental principio de sentido común de que todo lo bueno y deseable tiene su precio, que con el paso del tiempo se hace cada vez más escaso y, por lo tanto, más costoso. Eso nos aclara, por cierto, es misterioso pago de intereses por cualquier préstamo: pues hay siempre una diferencia notable en la urgencia por dinero entre quien pide prestado y quien le presta. Y esa diferencia, como todo en la vida, tiene su precio; y a este se le denomina tasa de interés.

Estas verdades tan simples y obvias son de las que denominamos micro económicas, porque no trata de las grandes especulaciones financieras ni de los altibajos a futuro de las bolsas de valores sino, más bien de lo que antecede a todo ello: oferta, demanda, valor marginal subjetivo de los bienes, precios libres derivados de la combinación de la oferta y la demanda, en una palabra, del mercado…

Hoy, don Iván, sabemos del “Big Bang” astronómico y del psicoanálisis popularizado, pero nos mostramos cada vez más reacios a entender que todo acto humano tiene consecuencias, unas previsibles, otras no, y que por eso tenemos que aprender a enfrentar nuestros retos, también en lo económico, con elemental sentido común de un niño que hace sus primeras ventas de galletas hechas en casa a la puerta de su hogar.

¡Ojo con las recomendaciones macroeconómicas a granel y de largo plazo! ¡Mejor volvámonos niños que venden refrescos hechos por la abuela… antes de lanzarnos como supuestos adultos omnisapientes al vacío de lo que no entendemos, o de lo que si alguna vez lo entendimos, ya lo hemos olvidado!

Como en el plano sobrenatural también nos advirtió Cristo: “En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” Mateo 18,3.
Y nada de eso se aprende en la Universidad, don Iván, sino a lo largo de la vida.

(Continuará)