Artículo. “El espejismo de una justicia ausente en Ginebra, Suiza”

Por: Armando de la Torre.

Algunos lectores de mis entregas periodísticas me han escrito indignados porque me atrevo a poner en tela de juicio la “justicia” en el cantón ginebrino de Suiza.

La médula de sus críticas hacia mi persona la enderezan desde una premisa muy simple: Suiza, supuestamente un país desarrollado, es parcela muy prestigiosa del “primer mundo”; un verdadero Estado de Derecho apropiado para un pueblo muy civilizado y, además, todo lo contrario de Guatemala según mis críticos guatemaltecos. Por consiguiente, ¿cómo se atreve alguien, en este caso mi persona, a mencionar las “imperfecciones” de gran monto en su sistema de justicia en el proceso que se le ha seguido a Erwin Sperisen allá? Sobre todo en el sacrosanto cantón de Ginebra, el polo geográfico para muchas de las más prestigiosas organizaciones internacionales.
Además, ¿precisamente desde nuestra atrasada y caótica Guatemala?…

Sin embargo, creo conocer esa tierra de cumbres nevadas por haberla cruzado de este a oeste y de norte a sur repetidas veces. Y también por haber residido un par de meses en Biel (Bienne, en francés). Pero creo entrever también en esas mismas descalificaciones de mi persona un cierto complejo de inferioridad nacional hacia todo lo europeo, sobre todo, entre los chapines que suelen situarse al extremo izquierdo del espectro ideológico.

Pero que conste también que yo viví catorce años de mi vida académica en varias de las naciones europeas, de donde guardo recuerdos muy gratos y algunas excelentes amistades. Es más, mi sangre es cien por ciento europea, pero aún así prefiero por mucho a nuestra mestiza América, Norte y Sur, por ser sus hombres y mujeres más libres, más humanos, y más humildes, en un suelo ni de lejos tan ensangrentado como el europeo. Por algo millones de sus hijos se arriesgaron a cruzar el Atlántico y establecerse aquí, entre ellos muchos suizos.

Ya señalé algunas de las violaciones al debido proceso en el caso Sperisen aquí en Guatemala por aquel malévolo y engreído Alto Comisionado de la CICIG, Francisco Dall’Anese, en deshonroso contubernio con la Fiscal General que le fue cómplice, Claudia Paz y Paz.

Pero en Ginebra, también se le negó al acusado el derecho a jueces imparciales, al tiempo que era señalado por el hijo del fundador y colaborador financiero de la ONG TRIAL, -la querellante adhesiva contra Sperisen-, Yves Bertossa. Por cierto, entre una lluvia de insultos y denuestos contra Guatemala.

Se le negó al acusado la presentación de las pruebas que lo eximían de culpabilidad, tanto en primera como en segunda instancia. Particularmente aquel video en que la madre de uno de los fallecidos declara que firmó un documento acusatorio en francés, idioma que le era desconocido, y que manifestó haber firmado pues le habían dicho que se trataba de darle una indemnización.

El tribunal de segunda instancia se integró mayoritariamente por el mismo tribunal que ya había emitido opinión, lo cual es totalmente violatorio de todo debido proceso, y causa de excusa o recusación para los jueces.

Se le negó asímismo a Sperisen la recepción de la prueba testimonial de descargo, entre ellas las declaraciones del ex-Presidente Oscar Berger y del Vicepresidente Eduardo Stein. En cambio sí se aceptó la de un asesino francés, confeso y condenado. Se le rehusó igualmente la recepción de un video que evidenciaba el ataque armado sufrido por la fuerza pública a su ingreso al presidio, que demolía in toto lo aseverado por la parte acusadora.

Erwin ya cumplió más de mil días en un régimen carcelario peor que el de aquí:
Se le permite ver a sus tres hijos una vez a la semana, por tan solo una hora, y en la presencia de un guardia a la par en todo momento. A lo sumo, se le concede tener contacto físico con sus hijos durante los últimos diez minutos tomados de la mano, para unirse en oración.

Sólo se le autoriza salir a caminar 30 minutos al día por la azotea de la prisión, si el clima lo permite.

El resto del tiempo permanece confinado a una celda de dos por tres metros de superficie.

No se le autoriza contacto alguno con nadie más excepto con los guardias que le llevan de comer tres veces al día.

Tampoco se le permite trabajar ni ocuparse en algo que no sea la lectura que se le autorice.

Un fiscal revisa su correspondencia, y de él depende si le llega a manos de Sperisen o no.

Pasaron 630 días antes de que se iniciara el primer juicio, y después, condenado a cadena perpetua. Pasaron otros 362 días para que se realizara el juicio de apelación, que por cierto sólo duró dos días y medio.

Señor Embajador concurrente de Suiza en Costa Rica: muy parecida era la justicia que administraban los nazis. Que conste que yo vi en Francfort, Alemania, las tomas cinematográficas de la Gestapo durante el juicio a los involucrados en el atentado del 20 de julio de 1944 contra la persona de Hitler, y el trato a los acusados no fue muy diferente.

Me permito añadir que creo firmemente que el futuro para la entera humanidad está de este lado del Atlántico, porque por lo menos aún formamos familias, es decir, tenemos hijos, y por tanto, que no necesitamos de mano de obra de otros continentes para sostener Estados benefactores semiquebrados de esos de los que ustedes, los europeos, tanto alardean.

Muy mal ejemplo han dado al mundo los suizos con ese atropellado e injusto proceder contra Sperisen, capturado repentinamente, y sin ninguna advertencia previa, en las calles de Ginebra.

Sé que quien urdió toda esa infamia fue un hispanoamericano, Francisco Dall’Anese, de un pasado decepcionante en su nativa Costa Rica. Pero los ejecutores voluntarios de la conspiración urdida por él han sido un puñado de hipócritas ginebrinos, a la altura moral, por lo menos, de su compatriota Joseph Blatter. Por no hablar de los banqueros suizos que intentaron quedarse con los tres mil millones de dólares de los infelices judíos alemanes que creyeron en la honorabilidad suiza.

Conclusión: en todas partes se cuecen habas. (Continuará)