Artículo. “GUATEMALA, PARAÍSO PARA EXTORSIONISTAS”

Por Armando de la Torre.

La Conquista fue extorsión a gran escala; pero también lo habían sido las culturas de sacrificios humanos que la precedieron. Extorsión fue la “Independencia” por un grupo de comerciantes y notables de esta plaza otrora capital de un reino, contra una debilitada monarquía española, como a su turno esta última lo había hecho repetidas veces contra sus propios colonizadores y contra los pueblos indígenas.

Como extorsionistas se han mostrado buena parte de nuestros gobernantes republicanos y peores extorsionistas aun quienes contra ellos se rebelaban, por ejemplo, los liberales de 1871 o los “socialistas” de 1950, igual que sus émulos tardíos a lo largo de treinta y seis años de inútil extenuante insurgencia guerrillera.

La guinda del pastel histórico de las habituales extorsiones lo fueron los muy mal llamados “acuerdos de paz firme y duradera” en 1996. De hecho, fue un proceso primero de extorsiones recíprocas y después de extorsiones a sus víctimas al tenor de: “Ustedes dejan de asesinar, secuestrar y destruir y nosotros cesaremos de perseguirlos judicialmente”. Encima, todos los crímenes comunes “conexos” con los políticos quedaron automáticamente, y para siempre, impunes. Lo que se ha vuelto una realidad con respecto a los enemigos del Estado, pero de ninguna manera hacia los leales, y victoriosos, en primera fila militares y patrulleros, como ahora en el caso Oscar Platero. Estos últimos, a pesar de los acuerdos (?), continúan sujetos a la vindicta pública por parte de aquellos mismos malhechores de la guerrilla, que ahora se autoidentifican como “activistas pro derechos humanos”.

Y todo el proceso según la lógica amoral del positivismo jurídico aprendido por nuestros magistrados, jueces y fiscales, ya sea en la Universidad estatal de San Carlos o en casi todas las restantes privadas.

Pero hoy el panorama es menos político y aún más criminal: casi a diario nos enteramos por los medios masivos de comunicación de choferes de autobuses urbanos asesinados por haberse negado al pago de extorsiones con los que los atormentaban mareros y demás parásitos sociales. Otro tanto digamos de las niñas violadas o de las esposas maltratadas.

En realidad todo gobierno ultimadamente se erige sobre una extorsión gigantesca; que en el lenguaje común llamamos “impuestos”. También gobiernos extranjeros nos extorsionan, de los Estados Unidos de América a la Cuba de los Castros, pasando, ¡oh sorpresa!, por los insignificantes de Noruega y Holanda.

Extorsionistas no menos muchos de los dirigentes sindicales, Joviel Acevedo y Luis Lara a la cabeza, pero también empresarios locales, algunos muy conocidos en el CACIF, que así actúan contra sus competidores comerciales.

Por no hablar de ciertos prelados eclesiásticos, al estilo de Álvaro Ramazzini, quien con sus tropas de choque del CUC y de FRENA, entre otras, extorsiona a los infelices campesinos de nuestras olvidadas áreas rurales, de la mano de agitadores como Daniel Pascual y Raúl Maldonado, este último, por cierto, que acaba de ser electo alcalde de San Pablo, en San Marcos, a pesar de haber habido durante toda la campaña electoral orden judicial de aprehensión en su contra que el exministro de Gobernación, Mauricio López Bonilla, se negó a ejecutar.

Extorsionistas, por supuesto, también dominan los corredores oscuros del narcotráfico y del contrabando. Extorsionistas, encima, tantos violadores de adolescentes, y aun hasta el hijo de un Magistrado de la Corte Suprema, quien se suicidó cuando saltaron a los titulares de la prensa los nombres de las víctimas de su hijo.

Bajo diversas formas descaradas de extorsión hoy se financian actividades otrora juveniles e inocentes, como la famosa “talacha” Huelga de Dolores, por ejemplo. Inclusive como extorsionistas podrían ser considerados ciertos hombres y mujeres, tanto de la prensa escrita como radial y televisada, que difaman a diestra y siniestra, y muy rarísimas veces responden a los reclamos de los por ellos ofendidos. No menos que entre los jóvenes hoy habituados a valerse anónimamente de las redes digitales, al estilo de esos criminales convictos que ordenan chantajes, por medio de celulares, desde lo más profundo de sus antros carcelarios.

Personas todas, pues, que buscan obtener algo para sí mismas por medios intimidatorios. Incluidos también esos ya mencionados “defensores de los derechos humanos”, y que bajo tal disfraz invaden impunemente propiedades ajenas, montan cárceles clandestinas o cobran “impuestos” a hidroeléctricas, cementeras, mineras y fincas privadas, o más simplemente, roban energía de los tendidos eléctricos para revenderla a sus infelices cautivos rurales y así amasar fortunas, independientemente de lo adicional que les pueda llegar en euros y dólares desde el extranjero.

Todos, repito, prefieren operar anónimamente, o valerse de pseudónimos, o de infelices mensajeros desconocidos, como un niño de doce años que arrojaron desde un puente porque se negó a extorsionar a persona alguna. Porque las cucarachas, de todos es sabido, siempre han odiado la luz, y por eso en las sombras se tornan plagas de lo más dañino.

Deriva de la ausencia entre nosotros de un genuino Estado de Derecho. Las extorsiones así tan generalizadas, transparentan como ningún otro rasgo nuestro subdesarrollo moral. Colección, la más injusta, de infamias, que en otras latitudes hasta llevó a la creación de “campos de exterminio” de inocentes, bajo los símbolos de la hoz y el martillo o de la cruz gamada.

¿Qué hacer, entonces?

Muy sencillo pero al mismo tiempo muy complejo para nuestra holgazana comodidad: Por eso hoy más que nunca se nos ha hecho una obligación de conciencia hacer frente abiertamente a cualquier forma ilegal de extorsión, aun al precio de nuestras vidas, según aquel dicho evangélico de que “no hay amor más grande que el de dar la propia vida por las de los demás”.

Lo que siempre requiere de carácter, o sea, de la voluntad permanente de enfrentar las opciones difíciles y de vivir con sus consecuencias.
No tengamos miedo a nada, salvo a Dios. Como lo supo resumir en unos pocos versos José de Espronceda hace casi dos siglos:

Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

¡Animémonos, por consiguiente, a ser honestamente nosotros mismos! Y de esa manera pondremos fin a tantas extorsiones que nos impiden cada día más sabernos y sentirnos de veras… ¡libres!