Artículo. “LA TRAGEDIA DEL ISLAM CONTEMPORÁNEO”

Por Armando de la Torre.

Con este título ofreceré un curso durante el primer semestre del año 2016, dentro del marco de la Escuela Superior de Ciencias Sociales de la Universidad Francisco Marroquín. Me he decidido a ofrecerlo, porque creo que se acorta el plazo para que las violentas turbulencias del mundo islámico toquen en alguna forma nuestras sociedades centroamericanas, posiblemente con un ataque terrorista contra el Canal de Panamá, o con algún otro incidente de parecida índole en cualquier otro de nuestros países. Otra razón para abordar este hecho es un elemental sentido de curiosidad intelectual siempre presente en muchos de nosotros.

El núcleo de mi hipótesis desde la que pretendo hacer alguna luz sobre tema tan complejo es la de que la comunidad islámica de unos mil trecientos millones de creyentes sufre de una profunda crisis de identidad confesional y, como consecuencia, de carácter social y político. No resulta difícil suponer esto, dada la estrecha relación entre fe religiosa y Estado, todavía vigente en la casi totalidad de los pueblos islámicos.

La comunidad internacional del Islam, la “Uma” de otros tiempos más ejemplares no es hoy una comunidad feliz, como lo fue antes. Es más: creo que ese grado de insatisfacción y de infelicidad entre los obedientes seguidores del Aláh predicado por Mahoma tenderá a empeorar todavía más en las próximas décadas.

Por supuesto, hablo de una generalización sujeta a excepciones: Omán, por ejemplo, o Brunei, pequeños y prósperos estados islámicos, permanecen del todo ajenos a las convulsiones sociales y políticas que sacuden al resto de los Estados marcados con ese mismo sello. Por eso, al margen de las corrientes islámicas en conflicto en otros rincones del planeta, hay que proceder con mucha cautela frente a generalizaciones tan audaces como la que acabo de hacer.

Pero me mantengo en lo dicho, porque la gran mayoría de los musulmanes concentrados en el Próximo y el Medio Oriente llevan ya un siglo de feroces conflictos intestinos de interpretación dogmática en torno a figuras relevantes, agudizados desde la creación del Estado de Israel, en mayo de 1948, y que se han desparramado por casi todo el planeta, desde las guerras de independencia de Pakistán y la India en esas mismas fechas.

En consecuencia, el Islam, se hunde cada vez más en esa angustiosa crisis de identidad de una cultura reiteradas veces derrotada en los últimos siglos, desde los puntos de vista social, económico, científico y militar. Todo ello se ha vuelto progresivamente más válido si cabe, al margen de los fanatismos desesperados de esos agresores terroristas de hoy, –sea en Afganistán, como en Nigeria, o en Siria–, de largas barbas y AK-47. Todo ello bien lejos, por cierto, de la relativa paz interna vivida en sus tiempos de predominio frente a Europa.

Las raíces más remotas de tanto malestar “en su cultura” –si se me permite parodiar a Freud– que tan profundamente hiere hoy a una mayoría de los creyentes en el Profeta, Mensajero del único Dios, datan de muy atrás de los mismos inicios del Islam en el siglo VII de nuestra era, cuando ocurrió la repentina muerte de Mahoma, en el 632 d.C., sin haber estatuido explícitamente un sucesor (“Califa”). Esta omisión impremeditada dio lugar a la primera gran escisión cismática entre sus seguidores: suníes de una parte, la mayoría tradicionalista según los cánones consuetudinarios de los pueblos semitas, quienes respaldaban la elección de un sucesor de entre su misma tribu, y chiíes por otra la minoría solo dispuesta a aceptar como “Califa” a alguno de los integrantes de su círculo familiar más íntimo, que incluía a su famosa y preferida hija Fátima.

Esas dos facciones que se han disputado la supremacía dentro de la Uma durante unos trece siglos, hoy respectivamente encabezadas, en el plano político, por la actual Arabia Saudí y el Irán (antigua Persia) de los ayatolas.

Pero a lo largo de la historia ambos grupos se han subdivido en otros recíprocamente excluyentes, con los más disímiles pretextos. De ahí ha resultado el Islam fragmentado –y a ratos hasta sangriento– que hoy desazona tanto a toda la población del planeta: ¿Quién es el verdadero creyente? ¿Quién responde mejor al espíritu de lo contenido válidamente y eternamente en la sagrada escritura de El Corán? Y, ¿Quiénes son los enemigos que les son de urgencia convertir?

Esa última pregunta ha sido para los más pensantes de ellos la más fácil de responder: los paganos politeístas dentro de la Arabia anterior a Mahoma; los cristianos, sobre todo los bizantinos durante el periodo glorioso de la expansión arábiga; los mongoles; los turcos que les siguieron, eventualmente convertidos a la fe en el Profeta; la Europa desde el Renacimiento a nuestros días; y, mucho más recientemente, los Estados Unidos e Israel.

Para la competencia proselitista, su principal escenario en la época moderna ha sido el África negra, primero durante los tiempos del comercio de esclavos, y después a lo largo de las décadas posteriores a la Primera Guerra Mundial hasta el presente.

Pero los sufrimientos de los seguidores del Profeta han crecido exponencialmente. Hacia 1920, el 85% de todos los musulmanes eran gobernados desde la Europa cristiana. Humillación imperdonable para quienes, bajo el estandarte arábigo, sometieron durante cinco gloriosas centurias la margen meridional del Mediterráneo. Más imperdonable aún para los descendientes de aquellos turcos seljúcidas, y después otomanos, que conquistaron Constantinopla en 1453 y llegaron a las puertas de Viena en 1683.

El rencor y la frustración de los jóvenes musulmanes contra sí mismos y contra los no-musulmanes se refuerzan aún más entre ellos por la indigencia de los más y la opulencia petrolera de los menos. Es decir, que tras las guerras “pseudoteológicas” han seguido las de la conquista o subordinación y, recientemente, aun la lucha de clases sociales.

Peor aún: los musulmanes permanecen ferozmente divididos entre sí sobre la naturaleza de la respuesta que han de dar a los avances de todo tipo del Occidente sobre ellos. Unos creen que la salvación consiste en el regreso a la comunidad universal de sus inicios y de su victoriosa expansión, la Uma; otros, en aceptar la invitación del modelo europeo y americano, menos tribal y más exitoso: el Estado Nacional. Y dentro de esto último, han predominado los caudillos autoritarios y rara veces las democracias al estilo occidental. Mossadegh, en Irán, Nasser, en Egipto, Hussein, en Irak, Assad, en Siria, son ejemplos contemporáneos de ese tradicional caudillismo entre los árabes, (que por un tiempo contagió también a los españoles de la Reconquista y de la ulterior Conquista de las Américas).

La Turquía republicana y en paz ha sido hasta ahora el más logrado de los triunfos de ese modelo. Sin embargo la mayoría de los musulmanes de hoy se debate angustiosamente en torno al sentido de sus vidas y de su futuro inmediato, cuando los cambios que tardaron siglos en producirse sucesivamente en el Occidente se agolpan inevitablemente sobre ellos, agudizados en unas pocas y próximas décadas.

(Continuará)