“Señor no me reprendas en tu ira, ni me castigues en tu furor”  (salmo 6:1)

El Salmo 6 es uno de los 7 salmos penitenciales; esto es, donde el mismo Señor imponía un castigo; razón por lo cual David exclamó angustiado “Señor, no me reprendas en tu ira”.  Él estaba pasando por un tiempo muy duro, de aflicción, de dolor, de problemas, experimentando una penosa enfermedad. Y todo esto  debido a una transgresión. Estos tratos que El Señor impone, no nos deberían extrañar, pues cuando Job entró en un horno de aflicción, sin pecar con sus labios exclamó: ¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?   Hoy vamos a hacer un examen de conciencia y si  existe alguna señal de advertencia,  mejor es que nos arrepintamos para que no lleguemos a las últimas consecuencias, pues Dios no puede ser burlado pues lo que el hombre siembra eso también se cosecha.  Veamos primeramente…

El Trato del Señor

La disciplina del Señor va muy ligada a su carácter santo; ya que desde que nos engendró como hijos suyos (Juan 1: 12 –13)  Él espera que participemos de su santidad. “Así como aquel que os llamó es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra manera de vivir”   I Pedro 1: 13 –17  (leer todo)

La misma palabra “Santo” por definición nos ubica dentro de su voluntad.  Veamos su significado etimológico: “Apartados del pecado y apartados para Dios” Cuando sucede que voluntaria o involuntariamente cedemos  a la tentación y guardamos el pecado sin confesarlo.  Su soberano propósito divino no puede quedar frustrado, y el mismo Señor nos reprende trayendo disciplina.  “Señor no me reprendas en tu ira, ni me castigues en tu furor” pero Hnos. Al pecado no debemos tomarlo con ligereza, ya que la misma Naturaleza Divina y Paterna  le hace actuar y Su palabra nos advierte: “Hijo mío, no tengas en poco la disciplina del señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él porque el Señor al que ama disciplina y azota a todo aquel que recibe por hijo Hebreos 12: 5 –13 (leer todo)

El Quebrantamiento del Hijo de Dios

El Salmista plantea el quebrantamiento en que se encuentra.

Su quebrantamiento se está manifestando tanto en su cuerpo como en su alma, la cual esta en extremo angustiada: “mis huesos se estremecen, mi alma esta muy angustiada”  En el Salmo 32 hace una referencia similar:  “Mientras calle mi pecado, mis huesos se secaron, se consumieron. En gemir todo el día” Salmo 32: 3. Como podemos ver, el pecado no confeso,  era lo que había secado su vitalidad.  En los huesos es donde se origina la sangre y nos dice la Escritura “La vida esta en su Sangre”  Por lo tanto, mientras estemos reteniendo el pecado oculto y vergonzoso; no fluirá la Vida; ésta se desvanecerá  “Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mí verdor en sequedades de verano”. Salmo 32: 4 Personalmente, no creo que exista una disciplina peor  para un hijo de Dios que no experimentar su gozo, su paz, su presencia… pues todo lo demás se vuelve vano y amargado.

La Restauración del Hijo de Dios

Ahora el salmista plantea el antídoto eficaz para esa situación angustiosa en que se encontraba.

Primeramente reconoció un atributo que caracteriza al Señor en relación con el firme amor del Señor por su pueblo:  Su Misericordia.  Palabra que esta conformada  por dos vocablos: Miseria y corazón, lo cual se puede interpretar como ese amor por los que se encuentran en esa situación tan miserable. Pero para experimentarla es menester  que nos humillemos quebrantándonos a nosotros mismos. Salmo 51:17.

Y en segundo lugar clamar delante del Señor.  Señor rescata mi alma, sálvame por tu misericordia” Note como le dice primero “vuelve, retorna tu rostro”  pues ya lo había abandonado  pero clamó. Nosotros no debemos quedarnos con ese orgullo humanista, diciendo: yo puedo, por mí mismo.  Muchos están viendo que se les esta cayendo la estantería y se quedan pasivos, lamentando. Hnos. Lo mejor que podemos  y debemos hacer es orar  al Señor.  Pero no esas “oracionsitas” de labios y “para que no digan los demás que no oro”  No, mi Hno. Lo que debemos hacer es desnudar nuestra alma,  con honda aflicción y verdadero arrepentimiento. Prov. 28:13, Así como nos enseña el salmista implorando misericordia para ser librado de su aflicción: “Sáname Señor, reconozco mi culpabilidad, te pido que me perdones, que me alivies de esta carga”   En la Palabra encontramos personajes de lo peor que se humillaron, clamando y el Señor los restauró,  como el mismo Acab. I Reyes 21: 25 –29.

En otros salmos hemos visto que la oración del salmista fue temprana, otra vez fue al atardecer, pero, esta es un clamor de “media noche”, para ser librado de las más densas tinieblas; del mismo poder de la muerte v. 15 Aquí plantea el hecho de su destino eterno, haciendo énfasis en la muerte bajo la ira de Dios ¿debo morir teniendo a Dios como enemigo irreconciliable? El juicio de Dios era bien merecido, pues Dios no puede ser burlado “Todo lo que el hombre sembraré eso también segará”  pero reconoció su triste y desgracia  condición y acepto que humanamente no había respuesta,  no tenía capacidad para salir de esa aflicción, “Cansado estoy de mis gemidos”  “Nada sale bien,  todo lo que hago me sale mal” “carcomidos y desgastados están mis ojos” esto es sin visión espiritual,  todo se vuelve oscuridad debilidad ante mis enemigos.

Pero precisamente, cuando dejamos de luchar, dejamos de auto – justificarnos, de arreglarnos religiosamente,  cuando ya no tenemos más fuerza y nuestros enemigos nos pisotean pero venimos al Señor; Su mano todopoderosa nos levanta del polvo restaurándonos.  Salmo 27: 5 –6.

Ah, que bendición no solo el hecho de que nos haya sanado o restaurado sino la gloriosa bendición de que el Señor se vuelve real para uno mismo,  como lo fue para Job cuando dijo: “de oídas te había oído, más ahora mis ojos te ven”   Al estar con el Señor de Su lado,  entonces sí que tiemblen todos aquellos que se levantaron contra uno;  pues Él ha escuchado mí súplica y ha recibido mi oración.  Todos serán avergonzados y turbados en gran manera.